En las noches, cuando llueve y el cielo se torna oscuro,
llegan a mí los recuerdos que el viento domina y
mueve.
Son mis noches, de tristeza, y de gran desolación,
del relámpago que pesa, fugaz en mi corazón.
Y la lluvia, pertinaz, al ir con fuerza cayendo
alimenta mi alma herida por la nostalgia voraz.
Luego, en las tranquilas noches cuando la lluvia ha
cesado,
el cielo se queda limpio y la calma ha regresado.
Las lluvias, como el amor, alimentan sentimientos:
para la tierra ¡benditas!... para el alma,
sufrimientos.
La lluvia riega los montes y reverdece los campos,
el amor nos vuelve libres, convertidos en esclavos.
Pero qué hermosa es el agua cuando del cielo bajando
empapa todo tu cuerpo y va el alma acariciando.
Y más bello es el amor que a todo nos congratula,
porque se sufre queriendo aunque nos cause dolor.
Si me dieran a escoger entre una noche lluviosa,
entre una tarde soleada o una mañana hermosa.
Aunque es lindo atardecer y más la mañana hermosa,
yo prefiero, a mi nostalgia, la oscura noche lluviosa.
Los letreros se iluminan, al relámpago chispazo,
y las calles, de cristal se tornan a nuestro paso.
Se vuelven día las noches, cual milagro de Jesús,
al relámpago que alumbra la oscuridad, con su luz.
Hemos de encontrar algunos que la lluvia no conmueve,
pero si Dios hizo el sol, también Él, la lluvia mueve.
Admiro su creación al mirar relampaguear,
y su grandioso poder, al ver la lluvia caer.

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