En un jardín precioso
bordeado de arrayanes,
habitaba una niña, cual
místico rosal,
sus manos, como alas, de
blancas mariposas
jugando con las flores,
hacía revolotear.
Tenía sus pies tan blancos,
como nieve de invierno,
que hasta los alcatraces
parecían murmurar:
“Que niña tan hermosa
recorre los espacios
de este jardín precioso,
donde llega a jugar”.
Las flores, al mirarle,
parecen alegrarse
con su dulce sonrisa, de
labios de rubí,
y cuando ella marchaba, las
flores se cerraban
como para decirle “Qué
triste estoy sin ti”.
La niña de las rosas, le
dicen los vecinos,
porque a su paso siempre,
se abre una flor,
los pajarillos cantan, cual
mágicos clarines
anunciando que llega “La
niña del amor”.
Pero pasará el tiempo, y
aquel jardín alegre,
duplicará sus rosas, su
mágico jazmín,
con que la niña hermosa
perfumará su pelo,
cuando lleguen los días, de
su primer abril.
Y entonces, los rosales le
brindarán sus rosas
en perfumados ramos, para
su habitación,
y ya no tendrá tiempo de
juguetear con ellas
cuando a su vida llegue, el
primer gran amor.
Y aquel jardín que un día,
fue su entretenimiento,
se vestirá de luto al
mirarla pasar,
se pondrán envidiosos los
blancos alcatraces,
cuando del brazo alguien la
lleve hasta el altar.
Y aquellos dos luceros, que
antaño iluminaron
con mágicos destellos el
alegre jardín,
pasarán sin mirarlo, y
quedará en la noche,
un delicado aroma de rosa y
de jazmín.
Prohibida su reproducción parcial o total. “Derechos Reservados”. “D. R.” ©
México, MMVII

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