miércoles, 10 de diciembre de 2014

El Perro y Yo


Caminando cierto día por oscuro callejón,
tropecé con un gran perro, que su sueño interrumpió.

Me siguió, ladra que ladra, y creí adivinar
que el animal me decía improperios sin parar.

De pronto se calló el perro y se me quedó mirando,
con unos ojos tan tristes que nunca podré olvidarlos.

Llevaba yo mis tristezas cubriendo toda mi piel,
como un traje a la medida, de la cabeza a los pies.

Él percibió aquella angustia que a mis ojos afloraba,
y trató de consolarme, diciendo con su mirada:

“Yo también estoy muy solo, abandonado, sin nada,
solo recibo desprecios de cada uno que pasa.
Nunca se acercan a mí, nadie quiere estar conmigo,
si tú no tienes a nadie… ¿Podríamos ser amigos?”

Yo dije pronto que sí, y cada vez que pasaba,
le llevaba su comida para que se alimentara.

Sólo movía su cola, cuando me veía llegar,
pues después de algunos días, no se podía levantar.

Fue tan breve esa amistad, pues una tarde murió,
nunca lo volví a encontrar... regresé a mi soledad.

Ahora, cuando de pronto, paso por ese lugar,
recuerdo siempre al amigo que me quiso consolar.

Prohibida su reproducción parcial o total. “Derechos Reservados”. “D. R.” © México, MMVII

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Escribe aquí tus comentarios