Caminando cierto día por
oscuro callejón,
tropecé con un gran perro,
que su sueño interrumpió.
Me siguió, ladra que ladra,
y creí adivinar
que el animal me decía
improperios sin parar.
De pronto se calló el perro
y se me quedó mirando,
con unos ojos tan tristes
que nunca podré olvidarlos.
Llevaba yo mis tristezas
cubriendo toda mi piel,
como un traje a la medida, de la cabeza a los pies.
Él percibió aquella
angustia que a mis ojos afloraba,
y trató de consolarme, diciendo con su mirada:
“Yo también estoy muy solo,
abandonado, sin nada,
solo recibo desprecios de
cada uno que pasa.
Nunca se acercan a mí,
nadie quiere estar conmigo,
si tú no tienes a nadie… ¿Podríamos
ser amigos?”
Yo dije pronto que sí, y
cada vez que pasaba,
le llevaba su comida para
que se alimentara.
Sólo movía su cola, cuando
me veía llegar,
pues después de algunos
días, no se podía levantar.
Fue tan breve esa amistad,
pues una tarde murió,
nunca lo volví a encontrar...
regresé a mi soledad.
Ahora, cuando de pronto,
paso por ese lugar,
recuerdo siempre al amigo
que me quiso consolar.
Prohibida su reproducción parcial o total. “Derechos Reservados”. “D. R.” ©
México, MMVII

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