En un estanque de aguas cristalinas habitaba un patito, era un animalito muy
simpático y apreciado por todos los visitantes del estanque, los cuales le
obsequiaban con toda clase de halagos y alimentos. Se divertían tanto con las gracias
del patito, que, ante la presencia de personas desconocidas graznaba y se
zambullía para luego ir hacia la orilla a tomar el sol.
El patito vivía feliz pues no carecía de compañía: por la mañana mientras
los niños asistían a la escuela estaba cerca el vigilante del estanque, y a
partir del mediodía, empezaban a llegar los niños a jugar alrededor del
estanque y el patito se divertía viéndolos desde la orilla.
Tenía su nido en las afueras del estanque y por las noches, antes de ir a
dormir, contemplaba la luna y contaba las estrellas, todas tenían nombre pues
él mismo se los había puesto una noche que no pudo dormir.
Un día el patito se levantó muy temprano para esperar a su acompañante
matutino -el vigilante del estanque-, pasaron las horas, el sol ya se ponía en
lo alto y el vigilante no aparecía por ningún lado, llegó la tarde y los niños
no llegaron a jugar. El patito estaba triste y preocupado, pues sentía que lo habían
abandonado todos sus amigos. Por fin, al llegar la noche se fue a dormir muy
cansado de esperar a los visitantes.
A la mañana siguiente se levantó muy temprano, era sábado y esperaba
compañía durante todo el día, se dio su baño matutino y al salir a la orilla
para tomar el sol, contempló maravillado que había alguien más en el estanque,
era una hermosa y blanca patita que tomaba el sol en la orilla opuesta del
estanque.
Entonces llegaron el guardia, los niños y los vecinos cercanos, pues había
una fiesta. Pero el patito ni los miraba por estar asombrado ante la belleza de
la patita blanca que, coquetamente, se mojaba y salía a la orilla a tomar el sol
para secar su plumaje. Así transcurrió todo el día.
Llegó la noche y el patito se fue a dormir. Cuando estaba quedándose
dormido, llamaron a su puerta.
-¿Quién será a estas horas? -se preguntaba-. “No estoy”, gritó desde
adentro.
Pero el que llamaba insistía y tuvo que levantarse para abrir, y se
encontró con una gran sorpresa: era la patita blanca que quería pasar la noche
en su casa. El patito, todo confundido y preocupado la dejó pasar y le pidió
que esperara a que él volviera.
Pensaba...”el guardia está dormido, los niños también, los vecinos
igual”... ¿quién podrá decirme qué debo hacer?... si la dejo dormir dentro yo
tendría que dormir fuera y podría enfermar.... y si no la dejo.... no, ella es
una dama y puede morir de frío. Entonces ¿qué hago?... daba vueltas y vueltas
sin encontrar respuesta.
De pronto, desde uno de los árboles cercanos se escuchó la voz del búho que
le preguntó:
-¿Te diste cuenta que ayer nadie vino al estanque?
-Sí, contestó el patito.
-¿Y que hoy los niños y los vecinos tuvieron una gran fiesta?
-Sí, volvió a responder.
-Entonces debes saber que el día de ayer todos ellos y el vigilante del
estanque se reunieron para buscarte una esposa que compartiera contigo el
estanque.
-Y ¿qué es una esposa? preguntó el patito.
-La patita blanca, que duerme ahora en tu casa, es una esposa, tu esposa.
Con ella debes compartir tu alimento, tus juegos y todo lo que hay en el
estanque.
-Y ¿hasta cuándo?
-Para siempre, ella se quedará a tu lado para siempre hasta que tengan
muchos hijos y el estanque se llene de patitos.
-Y ¿habrá alimento para todos?
-Claro, los vecinos traerán el alimento para ti, para ella y para todos los
hijos que vendrán.
-Entonces acepto, dijo el patito, pero....
-Nada, nada, -contstó el búho-, es tu noche de bodas y ya casi amanece, así
que vete al lado de la patita blanca que desde ahora será tu compañera y sean
muy felices.
El patito, feliz, se fue rápido al lado de su esposa.
Las estrellas empezaron a desaparecer y el sol comenzó a brillar ante la
felicidad de los dos patitos y la esperanza de los habitantes del lugar, de ver
el estanque convertido en un estanque familiar.
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México, MMVII









